25/05/2026 - Con los pies sobre la mesa
—¿Lo has
madurado bien, eh, cabrón?
—¡Fernando, a mis brazos, joder! ¡Algo de culpa has tenido tú también!
Fernando Soriano se abrazaba con fuerza a Antonio Hidalgo. Mamen, la secretaria, se había levantado de su escritorio para aplaudirles.
—Ni en mis mejores sueños, Antonio. -decía Fernando mientras le daba palmadas en la espalda
—¿Qué pasa? ¿No confiabas en mí? —el semblante de Hidalgo se mudó desde una sonrisa enorme a la seriedad más absoluta. Se separó de golpe, rompiendo el abrazo. Su mini-perilla era un punto y aparte.
—Eh... oh... cla-claro, joder, Antonio, Antoñito.... Siempre. ¡Siempre, hostia! ¿Quién te trajo, eh? Te traje y te mantuve siempre porque siempre confié en ti. -Soriano torcía el gesto, forzando una sonrisa.
—Jajajaja, es broma, Fer, joder, tranquilo. Que estoy de coña. Bueno, me voy, que tengo que
madurar esta alegría tan grande que tengo -dijo, guiñándole un ojo.
—Jajajaja... ja... ja... -Soriano se quedó con la boca torcida mientras veía alejarse a Antonio.
Si él supiera la de veces a lo largo de la temporada que tuvo que rechazas irse a comer tortillas en Betanzos con Massimo... Las rechazó todas. Todas y cada una de las veces pensó que, aunque era solo una leyenda, ir a comer esas tortillas podía desencadenar en un despido fulminante. Especialmente llamativas fueron las insistencias de Benassi a ir a comer tortillas después del partido de la Real B, del Andorra, del Granada... Fernando llegó incluso a justificarse con que tenía alergia al huevo, pero Benassi insistía que al restaurante de Betanzos donde iban tenían otras cosas que no eran tortillas igual de ricas.
Por suerte, la carta de despido nunca llegó. Y ahora que ya había pasado todo, Fernando mantenía cierta curiosidad por saber a qué sabían aquellas tortillas tan famosas de Betanzos. Tal vez debía ir por su cuenta. A escondidas. Massimo no debía saberlo.
—Mamen, que no me moleste nadie, voy a mi despacho. Necesito digerir solo esta temporada tan complicada.
—Claro, Fernando. Y otra vez, felicidades.
—Gracias, gracias.
Fernando Soriano cerró tras de sí la puerta de su despacho. Se sentó en la silla, dudó un momento, pero finalmente, con una enorme sonrisa, estiró los pies sobre la mesa. Abrió el primer cajón del escritorio, sacó el puro que tenía reservado para aquel momento, y lo encendió con un encendedor de aspecto antiguo que decía "Banco Etcheveverría".
Le dio una larga calada al puro y sonrió aún más para sus adentros y murmuró "Joder, Fernando, eres el puto amo. Lo has logrado".
Estaba dándole la segunda calada al puro cuando la puerta se abrió de golpe. Un señor en chándal, pelo blanco repeinado para atrás, y llevando un pequeño saco entró por la puerta rápidamente.
Fernando escupió el puro del susto, que cayó sobre el escritorio desperdigando ceniza sobre unos papeles. Bajó las piernas a toda velocidad, tirando en el proceso un par de carpetas y unos bolígrafos al suelo. Se puso en pie todo lo rápido que pudo mientras intentaba esconder el puro sin saber donde, hasta que finalmente lo lanzó dentro del cajón de donde lo había sacado. Con la diferencia, claro, que ahora el puro estaba encendido.
—Don Fernando, qué tal está usted. Perdone la intromisión. Vengo solo a una cosa rápida y ya luego me voy.
—Se-señor Patr... Presidente, su ilustrísima. ¿Cómo está usted? ¡Qué honor tenerle por aquí!
—Ah, el
plaser es mío Fernando. Gran trabajo, gran temporada, gran
planificasión. Le
felisito. Tremenda vaina la suya.
—Va... ¿vaina, señor?
—Sí, que muy bien lo que ha hecho, vaya. Los chamos que trajiste esta temporada han sido soberbios.
—Gra-gracias, señor. No habría sido posible sin...
—Ya, ya, me da igual. Bueno, lo que le
desía. Yo venía a una cosa rápida y ya me iba. Así que, si me permite...
Juan Carlos Escotet rodeó la mesa y se acercó a la ventana ante la atónita mirada del Director Deportivo. Solo entonces Fernando pudo leer lo que ponía el saquito que llevaba en brazos el presidente. "Abono Orgánico completo. Especial para Pothos y otras plantas de Interior. De la marca Compo. Juan Carlos apoyó el saco sobre la mesita junto a la ventana, se metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja. Fernando sintió un escalofrío cuando vio al patrón accionar el mecanismo que desplegó la hoja. Brillaba al sol de la mañana, y Escotet la mantuvo firme en el aire, durante un largo instante que Fernando no supo cómo interpretar. Finalmente, rajó el saco por la parte de arriba, y se volvió a guardar la navaja en el bolsillo del pantalón de chándal. Volcó con cuidado parte del contenido en la maceta con el Pothos y, por último, se inclinó para susurrarle algo a la planta que Fernando no llegó a escuchar.
Cogió el saco, y se dirigió a la puerta, sonriente.
—Don Fernando, hágame un favor, ¿quiere?. Riegue usted este Pothos. Y cuídelo. Si lo
hase chévere, él le seguirá cuidando a usted. Lo ha hecho bien hasta ahora, no vaya a estropearlo, ¿eh?
—Eh... cla-claro, señor Presidente. Yo soy un gran amante de la naturaleza, siempre cuido las plantas y...
—Me da igual la
naturalesa. ¡
El coño la'mare con la naturalesa! El pothos, Fernando. El maldito pothos es todo lo que importa.
—Sí, sí, claro, señor presidente. Cuente con ello.
—Bien. Ah, y haga el favor también de apagar ese puro que tiene en la
gaveta. No queremos que ardan estas oficinas nuevas de Abegondo, con lo que me han costado. ¡Adiós!
No se había ido el Patrón cuando Fernando ya estaba abriendo el cajón y sacando el puro humeante. Muy nervioso, lo aplastó contra una de las carpetas para apagarlo (no había ceniceros en su despacho, y muy probablemente, tampoco en todo el edificio) y oyó cerrar la puerta del despacho de un portazo.
—¿¿Pero qué cojones acaba de pasar?? —se dijo Fernando en voz alta mirando con curiosidad la planta que había en la ventana, sus hojas refulgiendo a la luz de esta primera mañana ya en primera división. —No... ¿No soñé yo una vez que este pothos...?
Y el pensamiento loco y absurdo que se le pasó entonces por la cabeza a Fernando Soriano le heló la sangre.
